Rubén Balbastre

Meta pone uranio en sus servidores y Europa le pone etiquetas”

Junio de 2025

De la mano de Gepeto y un servidor, hoy os invito a reflexionar sobre un ejemplo más de qué estamos haciendo en Europa y qué se hace en Estados Unidos respecto al desarrollo tecnológico porque es clave el despertar de esta política de regulación que sufrimos en el viejo continente.

Mientras Meta firma contratos nucleares a 20 años en Estados Unidos y lanza licitaciones para construir su propia infraestructura energética, en Europa las grandes tecnológicas se enfrentan a un clima radicalmente distinto: uno donde la innovación no solo se regula, sino que se sofoca.

El anuncio de Meta de querer alimentar sus modelos de inteligencia artificial con energía nuclear no es una simple jugada estratégica: es una advertencia. Entrenar modelos de gran escala —como los que compiten con GPT o Gemini— requiere cantidades descomunales de electricidad. Y no cualquier electricidad: debe ser limpia, constante y fiable. Las fuentes renovables intermitentes no alcanzan, y las baterías aún no están listas para cubrir esas brechas a gran escala. La solución más directa, y a día de hoy más realista, es la nuclear.

Estados Unidos lo ha entendido. Allí, empresas como Meta pueden colaborar directamente con proveedores energéticos, negociar acuerdos a largo plazo, explorar reactores modulares, e incluso proponer nuevas plantas nucleares privadas con bastante libertad. ¿Se imaginan algo así en Alemania, Francia o España? Casi impensable. En buena parte de Europa, la palabra “nuclear” sigue cargada de tabúes ideológicos y trabas burocráticas.

El contraste no podría ser más brutal. Mientras en Norteamérica las empresas avanzan con velocidad hacia un ecosistema donde el poder computacional y el energético van de la mano, en Europa la conversación gira en torno a regulaciones, marcos éticos, cuotas de emisiones, y frenos a la “deshumanización digital”. Esto no sería un problema si esas normativas sirvieran para liderar con una visión propia. Pero lo que estamos viendo es lo contrario: Europa regula sin producir. Supervisa sin competir. Exige transparencia en sistemas que no es capaz de desarrollar.

La Ley de IA de la Unión Europea, aclamada por algunos como un referente mundial, ya ha generado preocupaciones en empresas tecnológicas que consideran que la complejidad legal puede desplazar la innovación fuera del continente. Y en el terreno energético, los requisitos medioambientales, las licencias lentas, y el rechazo político a la energía nuclear han provocado una paradoja: Europa quiere digitalizarse, pero no está dispuesta a asumir los costes físicos —ni políticos— de esa digitalización.

Meta no ha elegido construir reactores nucleares porque sea una empresa particularmente “pro-nuclear”. Lo hace porque ve claro que sin control directo de la energía, sus modelos de IA no serán sostenibles ni competitivos. Y si bien esta estrategia puede parecer ambiciosa, es también una señal de lo que viene: las grandes tecnológicas no solo dominarán el software, también el hardware… y probablemente la infraestructura energética.

En cambio, Europa corre el riesgo de quedarse como el cliente pasivo. El continente de la regulación, del control por defecto. El continente donde la innovación tecnológica ocurre en otros lugares, y luego se revisa, se restringe y se adapta.

Si Europa no cambia su relación con la energía, la infraestructura y la inteligencia artificial, será irrelevante discutir sobre “soberanía digital”. Porque sin energía firme ni capacidad de cómputo a gran escala, no hay IA europea posible. Solo consumidores regulados de modelos entrenados a miles de kilómetros, alimentados por electricidad nuclear que aquí hemos decidido prohibir.