A lo largo de la historia, todos los estados y diferentes sujetos políticos de la época han intentado imponerse sobre sus competidores y perjudicar el desarrollo de sus más inmediatos perseguidores para subir hasta lo alto de la escalera de la dominancia mundial. Estas intenciones han tomado diversas formas desde las más extremas como las guerras convencionales hasta las más sigilosas guerras cibernéticas de hoy en día pasando por las clásicas políticas arancelarias, políticas de agitación social y otras de diferente índole.
Es comúnmente conocido que EE. UU. es la potencia económica global desde mediados de siglo XX. Sin embargo, debido al gran crecimiento de otras regiones como China e India queda en entredicho su hegemónica posición para los próximos 50 años. Históricamente, las potencias dominantes sólo han cedido su posición de privilegio cuando se han visto obligadas por el uso de la fuerza. Antes de ello, sin embargo, el resto de métodos de influencia geopolítica antes mencionados tienen lugar con el fin de debilitar a sus oponentes.
Durante los últimos años, EE. UU. ha impuesto aranceles a diversos productos provenientes de China con el fin de perjudicar su industria y beneficiar la estadounidense. A pesar del coste extra que esto pueda suponer para sus ciudadanos de manera directa, como siempre, en política el ciudadano queda en segundo plano. Véase el caso de los vehículos eléctricos en favor de Tesla, así como otro tipo de mercancías de los que podríamos buscar ejemplos. Evidentemente, a estas se suman las restricciones al desarrollo de la inteligencia artificial.
Una de las grandes restricciones de la IA es la relacionada con la exportación de los chips necesarios para entrenar los grandes modelos de inteligencia artificial. Pese a que las restricciones no son totales, se impide la comercialización de la última tecnología en hardware con el claro objetivo de entorpecer el desarrollo. Cabe destacar la determinante voluntad de Estados Unidos, quien influencia para conseguir la firma de tratados para impedir la comercialización por parte de China con empresas no estadounidenses como la holandesa ASML. Más allá de los alcances que estas medidas pueden tener, queda de manifiesto que, dado que la IA dará lugar a la próxima gran “revolución industrial”, el entorpecer el desarrollo tecnológico de los rivales geopolíticos es una prioridad.
Una forma de mantener el poder o de asaltarlo es la demostración de un músculo militar tal que asuste al enemigo de cualquier intento de confrontación y no podemos obviar que más allá de las aplicaciones industriales que tiene la inteligencia artificial, esta se presta a revolucionar también la industria militar. Esta aplicación podría ser la clave para mantener la dominancia de EE. UU. o dar pie a un nuevo sucesor.
Por tanto, existe la posibilidad, de la introducción durante los próximos años en un terreno opaco que pueda conducir a una época donde los estados inviertan grandes fondos en sus departamentos de defensa para impulsar los desarrollos de software y hardware, y que restrinjan el acceso a dicha información, dando lugar a una nueva “guerra frIA” donde la opacidad sea la regla de oro. Con todo ello, invito al lector a reflexionar sobre la importancia de la comunidad open-source y la transparencia en el desarrollo de modelo de inteligencia artificial.