A finales del siglo pasado, probablemente mucha gente pensaría que para principios del siguiente siglo las ciudades serían cercanas a cómo las películas de ciencia-ficción de la época lo escenificaban: con coches voladores. Es evidente que esta y otras predicciones quedaron en evidencia años después tras imponerse un baño de realidad sobre la evolución de estas tecnologías. No es que no pueda desarrollarse dicho nivel con la cantidad suficiente de tiempo y recursos, sino que la estimación de dichos tiempo y recursos no fue la mejor. Para ello, admitamos cierta fe en que la tecnología va a progresar indefinidamente. Con esta afirmación, no pretendo desacreditar a nadie ni juzgar su trayectoria sino poner de manifiesto que cuando el futuro es incierto resulta complicado realizar predicciones. No obstante, la necesidad de venta en las empresas juega un papel fundamental en nuestra sociedad y provoca que a veces las predicciones puedan convertirse en afirmaciones sin más requerimiento que una nota de prensa, un evento frente a accionistas o un foro de Davos. Sin lugar a duda, estas afirmaciones contagian a la gente creando un ambiente de euforia y optimismo desmedido que incrementa las ventas, cumpliendo así el cometido para el que surgieron.
La ola de exaltación sobre la inteligencia artificial que estamos viviendo está generando una cantidad bárbara de ingresos para las empresas proveedoras de las principales plataformas en la nube: Google, Amazon y Microsoft, por no mencionar al proveedor principal de chips, Nvidia, además del gran grupo de consultoras quienes sirven de mediador en la mayoría de las ocasiones para que las soluciones con inteligencia artificial se implementen en las empresas de las diferentes industrias. Sin embargo, los ingresos que generan dichas empresas tienen su origen necesariamente en el gasto de otras. Pero ¿qué esperan dichas empresas a cambio? ¿Cuánto esperan ahorrar en costes? ¿Cuánto esperan optimizar sus procesos? ¿Es rentable la inversión que realizan tantas y tantas empresas en productos de inteligencia artificial? Habría que analizar caso a caso pues con total certeza no hay dos proyectos iguales y la calidad de los resultados vendrá dada por la fiabilidad de los datos para representar la realidad de la empresa. Como se suele decir: “garbage in, garbage out”. Sin embargo, resulta difícil creer que antes de firmar proyectos los directivos de las empresas consulten concienzudamente la rentabilidad de sus inversiones en inteligencia artificial y más cuando se ven expuestos a grandes presiones por parte de las diversas partes interesadas.
¿Qué pasa si contrato un producto y los resultados que me da no son fiables por culpa de mis datos? Aquí tenemos un primer baño de realidad. ¿Qué pasa si el producto que contrató no cumple con mis expectativas? Aquí un segundo baño de realidad.
Meta invierte una cantidad ingente de dinero en generar productos de inteligencia artificial que luego utiliza en sus redes sociales de diversas maneras. Principalmente, sus algoritmos de recomendación. Un buen algoritmo de recomendación debería ayudar a la gente a recibir la publicidad más cercana a sus intereses y, por tanto, que termine incrementando las ventas de las empresas que emiten su publicidad en las redes sociales de Meta. Pero ¿qué pasa fuera de las tecnológicas? ¿Tienen la misma capacidad de aumentar su productividad? Probablemente no. No es lo mismo si tu nicho de negocio es tecnológico que si no lo es por más que lo digitalices.
Como ocurre en otros ámbitos fuera del económico, el alarmismo beneficia a ciertos sectores y estos se esfuerzan en remarcar la importancia de la urgente, vital e imperiosa necesidad de turno, lo sea o no lo sea realmente. Con este escrito no pretendo desaconsejar la inversión en productos de inteligencia artificial pues evidentemente marcarán, sino lo están haciendo ya, la siguiente revolución industrial pues aumenta y aumentarán la productividad de multitud de procesos. No obstante, animo a echar un vistazo atrás a nuestra historia reciente y ser consciente de que los diferentes actores interesados juegan sus cartas de la mejor manera posible y sería iluso pensar que son actos puramente desinteresados.